VOLVER A LA HABANA

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Tenía que volver a La Habana. Mi viaje anterior, netamente turístico, fue en 1992, para asistir a un congreso en el Centro de Convenciones de La Habana y luego disfrutar unos días de playa en la clásica Varadero. En la ciudad capital de la isla, almuerzos en los hoteles, tragos en El Floridita y La Bodeguita del Medio –, una gala en el Teatro Martí –donde recuerdo que la prima donna se cayó después de hacer una reverencia-, y luego Varadero, con el mar y la playa de increíble belleza, los camarones asados, los paseos en moto y los tragos junto a la piscina. Mi percepción de Cuba en aquella ocasión se limitó a lo que la isla dejaba ver de si misma a los distraídos turistas en sus ntercambios con los residentes. Recuerdo a la peluquera del hotel y su respuesta a mis admiradas palabras sobre la revolución y el coraje del pueblo cubano: «no todo lo que reluce es oro» luego de lo cual se llamó a silencio. Recuerdo haber visto desde el taxi a los cubanos viajando apiñados, cuatro en una motocicleta, ocho en un automóvil…
En cambio, en este viaje de apenas tres días, no fui una turista. Tuve que ir a buscar un medicamento al laboratorio Labiofam, que lo entrega sin costo alguno, tras presentar la historia clínica del paciente. Y pude ver la diversidad de aspectos que ofrece esta ciudad dueña de una fuerte marca.
Me alojé en una «casa divisa», alojamientos en casas de familia autorizados por el gobierno. Era grande el contraste con el exterior, ya que en la casa se percibía pulcritud y orden. Las calles del centro se pierden en una lejanía de edificios decrépitos con ropa colgada en los balcones, algunos –los más cercanos a las áreas turísticas- en obra.Observé cómo algunos cubanos reducen su hábitat para obtener ingresos del turismo. Mi anfitriona, una señora muy amable, que nunca se quejó de su país, y repetía «estamos bien», sólo protestaba porque no conseguía encendedores tipo «Bic», o «cuchillas» para que su hijo pudiera afeitarse. Al salir dos veces por la mañana
temprano, vi al muchacho sentado en el living, mirando televisión. La madre me dijo que era mejor quedarse en casa que percibir algún sueldo del gobierno por un trabajo.
Comí en otra casa divisa que quedaba enfrente. Allí, mi cocinero por obligación («yo aprendí a cocinar por los turistas», me dijo) se confesó fan de Francella: hasta hace muy poco, estaban pasando los capítulos de «Poné a Francella»; su mamá, en cambio, veía la telenovela Nano. Hay cuatro canales, todos estatales. Al final de la cena, llegó un señor a entregar cortes de carne envasados al vacío, y yo provoqué risas al decir en broma: «me voy antes de ser cómplice del
contrabando de mercancías». Al día siguiente, cuando fui a desayunar, me atendió la señora. Me di cuenta de que en la habitación contigua, unida a la cocina por una arcada, sin puerta, dormía mi cocinero de la noche anterior. Qué capacidad de adaptación, me dije. Pensar que yo me pongo incómoda ante cualquier presencia extraña en mi casa. Ellos han debido tolerar estar todo el tiempo invadidos para tener un ingreso extra.
En la calle, comprobé que ha mejorado el transporte público, con respecto a 1992,
aunque es común ver a la gente haciendo dedo en algunos puntos de la ciudad. Yo misma lo hice, luego de conversar con una joven en la calle, que iba en la misma dirección y me invitó a acompañarla. Un joven nos llevó en su Lada, sin proferir palabra, hasta el fin del malecón y después por un barrio, a toda velocidad. Gracioso y raro: la muchacha fue muy amable y me contó que ella siempre hacía dedo para llegar a su trabajo («botella», dijo) para gastar menos y que ese día estaba atrasada, pero al dejarme en destino, me dijo: «chica, no hagas nunca más esto, tú no sabes el peligro que corres, tú estás loca; esta vez porque estaba yo, pero no te arriesgues más». Le agradecí la experiencia.
Los taxis-bicicleta no son una curiosidad para turistas: los usan los cubanos también. En la ciudad, dan pinceladas orientales a las calles, llevando a puro pedaleo a señoras con las compras, a cubanos y a extranjeros, al igual que las motitos adaptadas a taxis, que parecen bichitos amarillos reptando por todo el centro. El peatón no es muy considerado por los automovilistas y los planificadores del tránsito, al menos en el malecón, que no tiene sendas peatonales y donde para cruzar la calle, hay que tener reflejos y buenas piernas. Por él llegué hasta un café dedicado a Pablo Neruda que había visto en la revista Vívela. Arquitectura vanguardista en medio de casonas en vías ser recicladas, con carteles que dicen «Inmobiliaria Fénix». No probé la promocionada cocina chilena, porque era la hora de la merienda, sólo tomé un postre helado, muy rico. Una espléndida vista al mar, desde un reducto moderno que marca tendencia y parece implantado como los mohais de la Isla de Pascua, en medio de cientos de edificios al borde del derrumbe. Este maquillaje de los edificios a lo largo del malecón, provoca la sensación de que hay vigas sosteniendo estas fachadas, como en las filmaciones de las películas del Far West. En el centro histórico, frente a la Plaza Vieja, disfruté de un exquisito café cubano y de muy buena atención en el El Escorial, luego de un paseo por la zona que está siendo restaurada con ayuda del gobierno de Bélgica. Muy bello el conjunto, el colorido, que da para buscar rincones donde tomar chocolate, tomar un trago o comprar en una mercería por el solo gusto de entrar a ver cómo la han reciclado. Bares con ambiente, con lujosas barras y objetos de colección, donde dan ganas de quedarse y charlar con los parroquianos.
Una vez retirado el medicamento, sólo me quedaba pasear. Así que tomé el Bus Turístico, que cuesta 6 pesos cubanos, y fui a Playa del Este, a almorzar. Me dejaron en un bolichito –diríamos nosotros- cerca de la playa, donde comí mi plato favorito: camarones asados. Al regresar, la guía cubana hablaba ruso con unos turistas. Conversé con ella y me contó que había estudiado en Rusia, y que ya no se enseñaba más ruso en las escuelas de Cuba. Se quejaba de haber tenido que cubrir horarios extra, y le decía al chofer que ella iba a plantear ese tema ante el gremio, que para eso estaba. No alcanzó a completar su comentario de que esperaba que ante la proximidad de las fiestas navideñas, adictos a no se qué sectas salieran a cometer crímenes por mandato de
fuerzas esotéricas, porque un gesto del guía interrumpió su comentario. Un gesto inequívoco que quería decir: «los trapos sucios se lavan en casa». Pasábamos por un paredón donde un prolijo graffiti decía: «VIVO EN UN PAIS LIBRE».
Mi conexión de salida me llevaría a Panamá, donde en algunas horas obtuve unas «postales» que compartiré algún día en otro artículo.

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