Cuando en alguna parte se durmieron los trenes

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A 10 kilómetros de Santa Rosa, capital de la provincia de La Pampa, por una autovía que trascurre a lo largo de una zona de casas quintas, se encuentra la ciudad de Toay y en ella, su histórica estación de trenes. No puedo escribir acerca de ella objetivamente; quizás sobrevalore su relevancia y lo que queda de su patrimonio ferroviario porque alcancé a verla en funcionamiento, cuando estaba a cargo el señor Cagigal y con su hija, mi compañera de colegio, trepábamos a las montañas de trigo almacenado en los galpones. Está tan cerca de la capital y el recorrido por la Avenida Perón es tan agradable, que me atrevo a recomendar a los viajeros que, pese al abandono en que se encuentra, no dejen de ir a visitarla. Les dará un precioso material para tomar fotografías y si van al atardecer, podrán sentarse a soñar junto a algún viejo vagón, sobre las vías.
El edifico principal ha sido transformado en «Museo del Pueblo Toay» y el slogan en la página web de la Municipalidad reza «Recuperando el pasado, construyendo el futuro». Está abierto los viernes, sábados, domingos y feriados, de 16 a 19 horas. Fui fuera de ese horario, pero en breve volveré y les contaré. Sin embargo, el foco de mi interés son los elementos que aún siguen en pie y el ambiente que los rodea. Los inmensos galpones, con yuyos crecidos aquí y allá, pero aún en pie, hablan de un país proyectado y soñado, muy diferente al de ahora. Hay decenas de detalles para observar y si hubiera una visita guiada, de vez en cuando, una buena interpretación del patrimonio (de lo que queda de él), nos transportaría, colmando nuestra imaginación con visiones de cereales desbordando, blillantes bajo la luz del sol colándose por los altos ventanales o las hendijas de las chapas y nuestros oídos recrearían el trajín de aquella grandeza de trabajo a manos llenas y de inmigrantes llegando de todos los confines del mundo a una tierra de promesas. A la tierra del caldén y de los atardeceres en los que el crepúsculo se enciende de rojos, ocres y amarillos.
Las ruedas de un vagón, con unos sellos de 1904 en hierro forjado, bajo el sol o la lluvia, empeñado en quedarse y contar su historia de mil viajes de ida y vuelta, descansan para siempre. A pocos metros -tendría que buscar aquellas fotos en papel que tomé hace muchos años con mi hermana- están los restos de un mecanismo circular, donde cambiaban de sentido las locomotoras (aunque leo en el sitio www.soydetoy.com.ar que la estación no tenía mesa giratoria) pero en fin, algo de eso, porque lo dice el recuerdo de las palabras de mi hermana María Lidia: «Toay era punta de riel» dichas con una gran solemnidad. Justo ella, que no era nada solemne.
Agua -tan preciosa como los trenes- perdiéndose desde una canilla a la que un esqueleto de antiguo galpón le hace de bóveda y que produce ese efecto youtube de música relajante que buscamos para estudiar o meditar. «Además de la estación, había otro equipamiento en los terrenos de este ferrocarril: una casa habitación (que es la que se conserva en la actualidad), la casa del jefe de la estación, la casa del cambista.
Todas estas dependencias hoy han desaparecido. Una recorrida por el lugar permite observar aún en el terreno, los cimientos tanto del lugar donde otrora se erigió la estación, como la casa del cambista, galpones y el tanque de agua . El equipamiento se completaba con molino, casilla, galpón de máquinas», cuenta el sitio Soy de Toay. Intento ser discreta al observar esas casas, hoy habitadas (intrusadas?) y sus patios sin jardines donde hay basura, pañales usados, ruedas, hombres en cuero tomando mate.
Recomiendo alojarse en Santa Rosa, e ir de visita por unas horas a Toay, donde se pueden comer a partir de las 7 de la tarde en el Food truck Cheddar que está en el Parque Infantil.
Todavía hay belleza, nostalgia, amor, trabajo, sudor, esfuerzo, luces y sombras en la estación de trenes de Toay. Una experiencia para buscadores de sueños perdidos.

«Pero
yo, entre un océano
de trenes,
en el cielo
de las locomotoras,
te reconocería
por
cierto aire
de lejos, por tus ruedas
mojadas allá lejos,
y por tu traspasado
corazón que conoce
la indecible, salvaje,
lluviosa,
azul fragancia!»
Pablo Neruda

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