Venecia y el asedio sin freno

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Técnicamente hablando, Venecia es un destino pasado de maduro, con residentes bastante cansados de los turistas que secularmente llegan y se van. Algunos comerciantes se afanan por disimular su hartazgo, y todos, jaqueados por el calentamiento global, recuerdan preparar las compuertas que evitarán la inundación por la crecida de la marea, implacable tanto con Vuitton como con el inmigrante subsahariano vendedor de imitaciones. Sus tesoros son tantos y de tal valor, que pronto se perdona la indiferencia y hasta la agresión inicial, como la de los policías a bordo del vaporetto, que extorsionan a los desprevenidos que olvidaron validar su ticket y les brindan así una horrible “bienvenida” con una multa sideral y el sabor amargo de la estafa.

 Las advertencias y pronósticos sobre el cambio climático y el deterioro del patrimonio histórico y cultural no hacen mella en el turismo masivo y las consecuencias  ya están rotuladas como “síndrome de Venecia”[1].

Lo que es rutina en otros destinos, está ausente en Venecia: para obtener un plano de la ciudad, hay que comprarlo; lo que en Florencia se prodiga como en una metáfora de su nombre, en Venecia se oculta;  no hay puestos de información turística a la vista, y a veces cuesta encontrar a alguien que pueda brindar datos fehacientes sobre cualquier duda que al turista se le presente o sensibilizar a los turistas acerca del comportamiento recomendable en una ciudad-museo tomada por asalto.

Pese a la baja temporada y al frío creciente, las viejas calles palpitan con colores y aromas gourmet que se suman al de la humedad y los siglos que se van posando sobre la pátina opaca y ocre de la joya del Véneto.  De vez en cuando, la desmesura de un crucero se pasea por el Gran Canal, pero aún las fachadas vetustas persisten en su dignidad.

Hay que recorrer y saber escuchar los  consejos de los habitués de Venecia, para aprovechar al máximo los buenos sitios — aquellos que nos dejan acariciar los tesoros de este rincón del mundo repartido en islas–, la gente amable que con actitud tolerante y divertida no censura al turista que hace una y otra vez la misma pregunta,  para no dejarse intimidar por su abundancia, colorido, diversidad y misterio…. Y al entablar conversación con un veneciano, descubrir el orgullo y amor por su lugar en el mundo y hasta por el vaivén de sus mareas.


Nos vamos. La ciudad asediada por el agua y los turistas, queda gris e  inmutable en su arrogante belleza,  frágil y serena en el devenir de siglos y siglos que nos miran desde los escaparates, a través de los ojos huecos de las máscaras de sonrisa burlona.

[1] https://www.huffingtonpost.es/ruben-alonso/10-lugares-devorados-por-el-turismo-depredador_a_23063825/

Fragua de cristal de Murano

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